Ganada la guerra contra los titanes, los dioses del Olimpo comenzaron a tener problemas con los humanos. En la Arcadia, en la Grecia septentrional, el tirano Licaón se negaba a creer en los dioses mientras se burlaba de la religiosidad de su pueblo. Zeus-precusor del transformismo- decidió disfrazarse de mortal y visitar esa tierra.
Al revelar a los lugareños su naturaleza divina, estos lo veneraron como merecía, mientras Licaón se burlaba de la credulidad de las gentes. A espaldas de Zeus, llegó incluso a fanfarronear asegurando que mataría al extraño, probando su naturaleza mortal. En realidad su plan era aún más audaz e impío, pues tenía la intención de corromper al extraño, dándole de comer a un rehen que retenía en su casa, participando él mismo del festín, para recrearse en su maldad.
Hay quien asegura que no era un rehen sino un bebé, tal vez su propio hijo, lo que Licaón puso en la mesa de Zeus. Obviamente el Señor del Olimpo no se dejó engañar y furioso hizo que un rayo golpeara el techo bajo el que tamaño sacrilegio se había cometido.
Aterrado, Licaón salió corriendo pidiendo auxilio, pero de su boca ya no surgían palabras, pues Zeus lo había maldecido, y ahora eran aullidos lo que producían sus cuedas vocales. Era un lobo, un devorador sanguinario y cruel, que aterró esas tierras largos años. Aún hoy, en recuerdo de aquella historía llamamos a los hombres-lobo licántropos, aunque los Licaón de nuestros tiempos ya no tienen que vérselas con dioses mitológicos cabreados, y conservan por tanto su apariencia humana, no son menos lobos que aquel primer tirano.