Se nos llena la boca hablando de la ejemplar transición española, del maravilloso tránsito entre la dictadura golpista y la democracia moderna, del cambio pacífico, y de la superación de las rencillas que inevitablemente produce una guerra civil.
Se nos llena la boca, pero de humo. Humo porque poco hay de verdad en esa supuesta catarsis nacional, ese supuesto pacto de mirar juntos hacia el futuro olvidando los desmanes pasados. ¿Pruebas de lo que afirmo? Tenemos, por ejemplo, todo lo referente a la “memoria histórica”, una prueba de que la izquierda no está dispuesta a olvidarse de la guerra civil o de la dictadura. Pero, pese a ser lo que está más de moda, no es el único ejemplo. Basta con leer los comentarios de las noticias en los diarios online o los comentarios por sms en debates televisivos para darse cuenta de que el viejo enfrentamiento entre izquierda y derecha sigue existiendo. Sigue, bajo la superficie, un odio enquistado entre dos formas de ver el mundo, arraigadas en la educación de muchos, heredadas de padres y abuelos, que surgen en cuanto hay oportunidad.
Con los mal llamados “grandes” partidos enfrentados a muerte, dando ejemplo de inmadurez democrática un día sí, otro también, poco puede extrañarnos el fanatismo de sus seguidores, más influidos por sentimientos y emociones que por argumentos y hechos.
No sé si el paso de las generaciones nos permitirá superar este enfrentamiento, si seremos capaces de romper ese cordón umbilical de rencor que arrastramos, y empezar a juzgar la actualidad con visión de futuro. Ignoro qué sería necesario para que ésto ocurriese, pero sé que sin ese cambio la política de nuestro país parecerá más propia de una república bananera que de un estado democrático occidental.